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Hugo Chávez, el nacimiento de un mundo

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Ayer hubiera cumplido 59 años. Desde el lugar donde esté su sonrisa destapa recuerdos y su voz nos evoca que no se ha escrito el final.

Aquel 28 de julio de 1954 había sol en Sabaneta de Barinas. Un sol fuerte y lindo que alumbraba la llanura. Hugo, el maestro,  daba vueltas en la humilde casa de palma y piso de tierra mientras Elena sufría los dolores de parto. La abuela Rosa Inés, la “mamavieja”, presentía que algo diferente iba a ocurrir en su vida con la llegada del primer nieto.

Entonces, llegó el alumbramiento y con él, el primer grito a la vida.

En ese mismo instante, el General Simón Bolívar cabalgaba  sobre su caballo para terminar de hacer lo que faltaba en su querida América. Martí terminaba su carta inconclusa, para volver a decir a su amigo Manuel Mercado que cuanto había hecho hasta ese momento era “para impedir a tiempo que los Estados Unidos se extendieran con esa fuerza más sobre nuestras tierras de América”.

O’Higgins, Hidalgo, San Martín, Sucre, Morelos y tantos próceres, cabalgaban entonces las tierras del Sur, porque Bolívar había despertado nuevamente, se había calzado las botas y necesitaba gente buena a su lado. La abuela Rosa Inés tomó al nieto en sus manos, y se estremeció.

Le pareció ver a su lado al bisabuelo del niño, el General Maisanta, “el último hombre a caballo”, con su escapulario centenario.

La abuela vio el sol que entraba a la casita de palma y piso de tierra y supo entonces, que el niño llegaba con la luz.

El niño creció. “Por aquí pasó Zamora”, decía la abuela, y la imaginación encandilaba a aquel muchacho que se subía a los árboles del patio, mirando el horizonte en el que luego vio pasar al Libertador.

Quería ser músico, poeta, pelotero de las grandes ligas. Era “pobre, pero honrado”, confesaría años más tarde.

Desbordaba su imaginación en aquella casa de palma, de piso de tierra, pared de adobe, de muchos pájaros que andaban volando por todas partes, principalmente unas palomas blancas, contaría años después.

Con grados de militar y elegido por su pueblo como Presidente, jamás dejó de recordar aquel patio de muchos ciruelos, mandarinas, mangos, naranjos, rosas y maizales.

Ahí aprendió a hacer dulces con la abuela y los vendía después, y como a los dulces les llamaban arañas, el niño fue el arañero.

Con el paso de los años, cuando ya era Presidente y Comandante querido, decía con una ternura infinita:

“Si uno pudiera volver a nacer y pedir dónde, yo le diría a papá Dios: Mándame al mismo lugar. A la misma casita de palmas inolvidable, el mismo piso de tierra, las paredes de barro, un catre de madera y un colchón hecho entre paja y gomaespuma. Y un patio grande lleno de árboles frutales. Y una abuela llena de amor y una madre y un padre llenos de amor y unos hermanos, y un pueblito campesino a la orilla de un río”.

El niño se hizo militar, y aprendió que Bolívar tenía que seguir cabalgando por llanuras, sierras, altiplanos de la América nuestra, que había que fundar la Quinta República, conoció con Martí que “los pueblos deben andar unidos como la plata en las raíces de los Andes”, y con un Comandante grande de una isla, aprendió el valor de la solidaridad, la hermandad, y la unidad para las tierras del sur.

 

Y supo la historia de un guerrillero que en Bolivia, con un destacamento de latinoamericanos, quiso cristalizar los sueños bolivarianos que habían quedado truncos.

Amó a su pueblo, vistió de militar y usó boina roja, símbolo de la sangre de sus antecesores.

Estuvo preso cuando intentó derrocar un gobierno antidemocrático. Y volvió a la carga hasta triunfar.

Cantó con su pueblo, sufrió por los humildes, recordó a su abuela Rosa Inés y a su bisabuelo Maisanta cuando fundó el ALBA, porque había llegado con la luz. Amó y volvió a amar. “Me consumiré por mi pueblo, lo juro ante mis hijos y nietos”, decía emocionado.

Fue feliz. Padeció por otras naciones, y nadie como él hizo en tan poco tiempo para ver otra vez al Libertador uniendo naciones.

“¡Tenemos Patria!” dijo una vez el Comandante Presidente, que no olvidó nunca los dulces de la abuela ni aquella casita de piso de tierra donde abrió los ojos al mundo.

Sabía que tenía muchos padres y jamás lo olvidó.

En la ciudad de Santa Clara, en el aniversario 45 del asesinato del Che Guevara en Bolivia,  rendía tributo al Guerrillero de América: “los hijos de Bolívar somos tus hijos, Che, somos hijos de Fidel”,  decía con palabras encendidas que estremecían la Plaza Ernesto Che Guevara,  durante la transmisión de un programa Aló Presidente, desde el centro de Cuba en octubre del año 2007.

Volvía una y otra vez a Barinas, veía las llanuras del Apure, iba en hombros de su pueblo.

Enfermo, quiso dejar un legado. Y lo dejó. Mucho tiempo después, cuando cerró sus ojos, el pueblo lo vitoreaba. Le decían “corazón de pueblo”, lo lloraban, lo eternizaron.

En el cuartel donde libró tantas batallas, ahora vuelve a nacer.

El hombre, que se llama Hugo Rafael Chávez Frías,  sabe que no está muerto, que este 28 de julio renace, porque hay Sol y porque la luz que lo alumbró el día de su nacimiento hoy es más nítida, porque sigue naciendo cada día, cada minuto en este continente al que consagró sus más de cinco décadas de paso por esta tierra. Bolívar al lado, sigue cabalgando, junto a él. Alguien ha visto a Maisanta en su caballo, recorriendo la llanura y a la abuela Rosa Inés contando historias fabulosas de generales que prosiguen por esas tierras, anunciando el porvenir.

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